Publicado el 28/12/2025 03:25
NO MOLESTES A BILLY
Es una verdad que nadie puede negar: donde existe la bondad, también existe su contraparte. Tengo 37 años y he experimentado algunos sucesos a los que nunca logré encontrarles una explicación lógica. Y aunque no puedo decir que hayan sido malignos, el hecho de que me hayan robado más de un susto no los vuelve necesariamente buenos.
Comenzando en orden cronológico —o al menos desde lo que recuerdo— ya estaba entrada en mi primera adultez cuando acompañé a mi mamá a visitar a un vidente. La razón de esa visita no era yo, sino la salud de un familiar que nos tenía muy preocupados. Su cuerpo ya no era más que hueso y pellejo, pero la muerte parecía resistirse a llevárselo. Esa historia merece un paréntesis aparte. Lo importante es que gracias a ella conocí a Federico.
Federico era un hombre de más de setenta años. Su cabeza era blanca como el pico de una montaña nevada, veía solo por uno de sus ojos y caminaba con dificultad. Una tarde, en una de esas visitas que se habían vuelto casi rutinarias, la curiosidad me ganó y le pregunté qué le había ocurrido. Fue entonces cuando me habló de los retornos, de cómo incluso los “trabajos” blancos tienen devolución cuando alguien no quiere que otra persona se libere de un mal. Sus dolencias, según él, eran consecuencia de eso.
Con el tiempo, Federico logró liberar a mi familiar. Aquel hombre, que había agonizado durante casi dos años, finalmente pudo descansar en paz. Y fue entonces cuando, distraída, noté algo que me heló la sangre: en la hoja de papel sobre el escritorio del vidente estaba escrito mi nombre.
Por esos tiempos, como persona, yo me había arrojado al olvido. La depresión me consumía y el autocompadecimiento era mi pan de cada día. Estaba bloqueada; cada jornada era una copia exacta de la anterior. De la persona alegre, social y divertida que había sido no quedaban rastros. Mi autoestima estaba en niveles subterráneos, no tenía amigos y trabajaba encerrada en un pequeño taller improvisado en una habitación de mi casa.
La vida, sin embargo, me había cruzado con Graciela: una mujer exitosa, resiliente y de una fortaleza admirable. Aunque era casi veinte años mayor que yo, nos tomamos un cariño genuino. Creo que, en parte, sentía lástima por mí, y por eso me llevó —un poco engañada— a esa sesión con Federico. En ese momento me sentí invadida; hoy, no puedo más que agradecerlo.
Luego de escribir mi nombre y fecha de nacimiento, el vidente comenzó a rayar una hoja que no medía más de veinte por diez centímetros. Cuando terminó, la giró hacia nosotras y preguntó simplemente: —¿La conocés?
Yo miré sin ver. Graciela se adelantó y respondió que sí. Federico asintió y me dijo: —Ella es quien te puso una traba. Ahora te voy a liberar y no va a poder ponerte otra nunca más. Te tiene envidia no por lo que tenés, sino por lo que simbolizás. Por eso quiere estancarte, para que no puedas brillar por vos misma.
Hasta el día de hoy no sé quién fue. Creo que la única que lo supo fue Graciela, que la reconoció al instante. Yo decidí no saberlo jamás: esa persona no podría hacerme daño nuevamente y, si conocía su identidad, el resentimiento siempre encontraría la forma de quedarse.
De manera increíble, después de esa sesión mis ganas de vivir parecieron volver de las largas vacaciones que se habían tomado. Mi voluntad retomó el mando y tomé una primera gran decisión: buscar un trabajo que me obligara a salir de casa. Así fue como llegué a una casa de decoraciones.
Entrar allí fue como respirar un aire completamente nuevo. Yo ya tenía más de treinta y el equipo era, en su mayoría, bastante más joven. El clima era jovial, relajado y divertido. Las chicas conversaban, hacían planes y, para mi sorpresa, me integraron rápidamente a su grupo. Todo era agradable… salvo el depósito.
El depósito tenía el mismo tamaño que el salón, pero era su contracara absoluta. Mientras el salón era amplio, luminoso, fresco y de estética sobria, el depósito era oscuro, húmedo y estaba repleto de altas estanterías metálicas cargadas de mercadería. Y como si eso no fuera suficiente, había un segundo depósito al fondo, pasando el primero, que permanecía siempre bajo candado. Era un espacio reducido, de unos cuatro por doce metros, sin iluminación propia; apenas le llegaba la luz del depósito principal.
Desde el primer día escuché lo que creí que era una broma recurrente: —No molestes a Billy.
Billy era el nombre que le habían puesto a sucesos sin explicación lógica: artículos que se encendían solos, flores que se caían sin razón aparente, ruidos que con el tiempo se volvían parte de la rutina. Incluso había grabaciones de las cámaras de seguridad donde se veía cómo las flores caían como si alguien las empujara. Supongo que nadie tenía miedo porque, aunque se hacía notar, jamás había causado daño.
Mi primera experiencia directa ocurrió al ir al segundo depósito. Hacía pocos días había entrado una chica nueva y la mandaron a dejar mercadería allí; guardábamos los artículos fallados, los que no tenían posibilidad de venta. Intentó abrir el candado sin éxito. Probó al menos quince veces. Yo lo intenté otras tantas y no hubo manera. Pasaron varios minutos y los nervios empezaron a aparecer, porque el tiempo que estábamos allí era tiempo en que el salón quedaba sin atención. Cansada y casi en broma, dije en voz alta: —Por favor, Billy, dejános entrar.
Como si fuera un abracadabra, el candado se abrió. Decidimos creer que había sido una simple casualidad. Sin embargo, desde ese día, cada vez que quería entrar al lugar, primero debía pedirle permiso a Billy. De lo contrario, no importaban los intentos: el candado no abría.
La segunda experiencia fue la que realmente me dio miedo. Estaba nuevamente en el depósito, casi en la entrada del sector de mermas, con el carrito cargado para reponer mercadería. Entró otra compañera; entre ella y yo había al menos veinticinco metros. Divertida, gritó: —¡No molestes a Billy!
Siguiendo la broma, le respondí que yo le caía bien y que no le molestaba que estuviera en su depósito. Apenas terminé la frase, una caja apoyada contra la pared salió despedida. No fue una caída simple: estaba casi en el medio del espacio, demasiado lejos de ambas como para que alguna la hubiera tocado. Entre pared y pared había unos doce metros, y la caja cayó con tal fuerza que casi alcanzó el extremo opuesto. Salimos corriendo y gritando. Creo que fue la primera vez que sentimos verdadera violencia en sus movimientos.
La tercera vez ocurrió en el salón, justo en la pared que daba contra el depósito. Estábamos tres de las seis personas que trabajábamos allí, recién entrábamos y conversábamos tranquilas cuando, de golpe, se cayó toda una fila de utensilios de cocina. Una compañera fue a ver, quejándose de que seguramente se había quebrado la ménsula. Para sorpresa de todas, la ménsula estaba intacta; los utensilios, en cambio, estaban desparramados por el piso.
Hasta ese momento, Billy había sido solo un tema interno, casi una broma. Incluso una de las chicas había notado un patrón: nuestro querido “fantasma” solo se manifestaba en días de viento, y viviendo en Mendoza, los zondas parecían potenciar su presencia.
Una tarde, como cualquier otra, entró un cliente. Era uno de esos días tranquilos, con todo hecho, así que estábamos las cuatro en la caja. Mientras pagaba, el hombre —que debía rondar los ochenta años— comenzó a conversar. Nos contó que antes ese local y el de al lado eran uno solo. —Era una imprenta que manejaban dos hermanos. Ese depósito que ustedes tienen no existía; no había divisiones, era un espacio enorme. Uno de los hermanos se cansó del negocio, o las cuentas no daban, y vendió su parte. Ahí lo dividieron en dos locales… El otro hermano se suicidó en esa esquina.
Nos quedamos todas en silencio. Casi en automático, una de mis compañeras le preguntó en qué esquina. El hombre no dudó en señalar exactamente el mismo lugar donde se caían las flores, donde cayeron los utensilios, justo en el límite del depósito.
Fue ahí cuando la broma perdió liviandad. Tal vez Billy había sido una persona como nosotras y encontró refugio en ese lugar. Porque en los depósitos se guarda lo que no se muestra, se cuida lo roto, lo fallado… así como, quizá, él se había sentido.
País: Argentina
Provincia: Mendoza
Ciudad: Las Heras
Coordenadas: -32.886575, -68.838152
Comentarios
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Comentarios(3)
Publicado el 28/12/2025 03:25
Estas experiencias dejan una huella profunda en quienes las viven. excelente relato.
Publicado el 28/12/2025 03:25
Muy buena experiencia, relatada con mucho detalle. Excelente
Publicado el 28/12/2025 03:25
Muy buen relato! Me atrapó tanto que se me hizo corto, quiero más!